Los que fueron a esa iglesia esa mañana ese domingo de ramos esperando que no se extendiera tanto, no se extendió, no, pero no se esperaban a ese hombre con una muleta y su hijo de diez, no se esperaban que al terminar los avisos parroquiales iba a tomar el micrófono sin pedir perdón ni permiso ni lágrimas para decir que habían hecho una parada en la gasolinera. Que unos hombres se habían llevado a su esposa e hija y las habían violado. Que por favor tuvieran compasión.
Y los que fueron a la plaza esa mañana y no se imaginaron que iban a terminar en medio de los dos carriles esperando el seguro. Y ese que no había chocado pero quería que el semáforo se pusiera en verde para no tener que ceder a la petición de ese hombre con gorra, camisa y shorts de mezclilla: el periódico no estaba caro, mostraba lo que había pasado ese sábado, ese crimen tan de película, tan realidad.
Y ese que salió a cenar con un amigo y que le dijo te espero afuera voy a echarme un cigarro y mientras fumaba vio cómo en una de las ventanas de ese edificio tan de lujo una joven de veinticinco en bragas se desnudaba mientras bajaba las cortinas y un hombre, tal vez su esposo, tal vez alguien más, se acercaba, y tan cerca y tan lejos y de pronto las cortinas no permitían ver nada. Sólo un encuentro, un encuentro que dos almas dejaban a la imaginación.
Porque todo el mundo sale de la ciudad, pero a la vez todo el mundo se queda. Y para esos hay otro atardecer, otros colores que parecen no ser verdad, pero que al final, antes de irse, dan la sensación de estar en otro mundo, en otra ciudad: la de siempre, y la mujer de blusa roja levanta la mano para frenar el camión, como si faltara más color, más énfasis, piensas, mientras pasas en el carro, en un carro que ruge con doble, con triple erre y las hojas que viste sin errantes en la mañana ahora se han arrinconado, se han asentado en una orilla, pero tú no: sigues pensando en que siempre contestas que te quedas aquí, que esta semana santa vas a salir a tu casa porque si ellos no tienen para irse tú no tienes ni para quedarte, para quedarte a ver las lentas nubes pasar bajo la luna llena mientras todo esto que pasa pasa por tu mente: carros y motos, estacionamientos y plazas, los que se fueron a esquiar y los que se fueron a tomar el sol a una playa, los que se fueron a un crucero y los que salieron a carretera, todos ellos pasan y piensas si tú también viajas.
Esa mañana fuiste a preguntar, saludaste al guardia, luego platicaste con otro, no encuentro mi cámara, dijiste, y todos tan amables, tan cordiales, tan contentos de verte: te abro la puerta, tengo llave, no la habrás dejado en este cajón. Si sale algo te aviso. Espera déjame le pregunto a Rosy. Pero no: no estaba, y en el regreso regresó ese pulso depresivo: sin ella cómo ibas a terminar la chamba. Sin ella te sentías al filo de esa ciudad tan vacía, tan ansiosa por salir de si misma, ser otra: la de ayer, la de mañana, la misma.
Llegaste a tu casa y como te dijo uno de los guardias mandaste correo a la secretaria. A las dos horas te contestó: sí maestro, la dejó aquí, se la guardé en un cajón. Y entonces la felicidad, la luna marcando de nuevo la entrada de la noche y los postes de luz alumbrando los motociclistas afuera del restaurante atentos al sonido de la notificación, hay que salir a conseguir la papa. Vuelven las casas de cambio a pintar de rojo las calles. Vuelven las imprentas a cerrar y la joven de blusa roja ahora con blusa blanca a levantar la mano, a detener la máquina que ruge, que te invita a rugir, a acelerar, y mientras avanzas ves que la iglesia está vacía, que no se han visto más choques, que el del periódico no está y que es tan improbable que te vuelvan a contar una escena como esa de la ventana de ese edificio tan lujoso. A lo mejor ese es el lujo, piensas, que todo el mundo sale de viaje, pero todo el mundo se queda. Que antes de regresar a donde podrías regresar, a donde has estado viajando todo este tiempo, te puedes tomar un momento para no pensar.
II
Algunos sonidos rugen. Otros sacan chispas: la cortadora de azulejo, la sopladora de hojas, la maquinita que usa con bastante cuidado y confianza el peluquero o el hombre que se afeita en su casa. Se podría decir: aunque cada uno tenga un efecto distinto, que son parte de la ciudad. Que ya los hemos escuchado tanto que hemos aprendido a ignorarlos, a prestarles menos atención con los días. Entonces, se podría decir que estos sonidos pasan inadvertidos, que ya no rugen, ni sacan chispas.
No Highs es un álbum que pertenece al género ambient. Un término inventado por Brian Eno en los setenta cuando su disquera sacó cuatro discos entre ellos Music for Airports. Los géneros sirven para categorizar, para que un disco pueda sentir que pertenece a cierto tipo de mundo. Pero la verdad es que un Harry Styles en las bocinas de un aeropuerto es tan ambient como el destino de los otros pasajeros. Una Swift que sale de las bocinas de un restaurante es un adorno así como el cuadro que está detrás de la mesa que muestra una fotografía en blanco y negro del centro de la ciudad.
Eno nos dio otra manera de ver la música, de escuchar los rostros, de entender lo tanto que puede cambiar la sensación de un lugar: bájale lo más que puedas a cualquier disco y verás que otros serán los sonidos que destacan, que hacen el ambiente. Pero escuchar ciertos discos de género ambient de fondo, como ambiente, como un simple pasillo que cruzas para llegar a donde se quiere ir, es rechazar la oportunidad de entrar a un mundo nuevo.
Sí, como lo anuncia el nombre de dos de sus canciones, No Highs es monótono. Pero una cosa es una monotonía que intriga y otra es una monotonía que aburre. Que deja de interesar. Esto le puede pasar a cualquier disco de cualquier género. No Highs es un ejemplo del primero. Un álbum con mucha tensión, con mucha fuerza, con mucho suspenso. Un álbum con más altos que bajos. Es un ejemplo de cómo sería un viaje por la noche si los hermanos Safdie volvieran a filmar otro robo en Nueva York. El plan se anuncia desde la portada: a veces pasa cosas inesperadas. Y eso, para mí, es lo que el ambient debería de lograr y lo que Tim Hecker nos da: sorpresa, asombro, revelación. Se trata de una habilidad de componer sonidos que al escucharlos son buenos para sugerir, para ser francos y hacerte sentir: mira, todo este tiempo, todos esos sonidos que ves pero que no escuchas cuando vas al trabajo, al bar, al trabajo de nuevo, muy en el fondo, provocan estos otros sentimientos y hasta la fecha los habías ignorado y por eso te estuviste sintiendo así. Eso es lo que el ambient debe lograr. Sonidos que nos hagan ver las chispas de nuevo. Que al cambiar el semáforo algo despierte en nosotros. Que como barcos que se desprenden del muelle nos hagan vernos a la deriva. Que al bajar esas cortinas nos hagan saber de lo que nos estamos perdiendo. Que al voltear una fotografía de la ciudad nos hagan sentir como en realidad estamos. En caída libre.
El álbum abre con Monotony, una canción de ocho minutos en donde lo primero que se oye es una bassline de una sola nota. A la vuelta o dos un ruido como de una podadora, unos sintetizadores que poco a poco se hacen más agudos y que dejan espacio a los violines y los contrabajos. La nota con la que arrancó la canción se oye de fondo, ya no es la protagonista, sino algo que detonó la historia y aunque esta nota funcione un poco como ritmo, no hay percusiones excepto un sample que entra de vez en cuando a marcar el tiempo. Sí, Monotony empieza tan igual, tajante, uniforme, pero de un segundo a otro los violines cambian de tono, se hacen más graves, más agudos, varían, dando la sensación de todas las figuras que pueden coexistir en una la misma canción, en la misma ciudad.
Otro ejemplo de esto es Lotus Light. También dura ocho minutos y empieza con una nota que es la misma, pero ahora el sintetizador acelera y los violines hacen una melodía más acuática que recuerda a Jean-Michel Jarre, a su álbum que hizo en honor a Jacques Cousteau, el buzo famoso por inventar la escafandra autónoma y por ser el primero en conocer los misterios del mar. Sin embargo, Hecker parece más obsesionado con hacer una atmósfera de prisa. Sí, hay un mar cerca, pero esto siempre se trató de un crimen, como el de Infinity Pool, quizá. Estamos en una playa o en una ciudad como Nueva York que nos dice que suceden tantas cosas durante la noche. Que durante la noche alguien puede entrar a una tienda para huir de la policía mientras en esa misma tienda alguien compra unas luces artificiales que tienen forma de flor de loto para ponerse en el agua, para flotar y brillar y dar ese pequeño toque místico a la noche, tan Walmart, tan No Highs.
Porque siempre hay que darle ese toque a la noche, a la monotonía. Hay que ver por qué nos gusta acostumbrarnos. Por qué nos vamos por ese camino, por esa misma línea o nota que no es mejor pero que nos gusta porque tiene los árboles más grandes, más sabios, y entonces ya que lo hemos cruzado, que nos hemos quedado sin camino, nos gusta variar, agregar un sax, bajar las cortinas de otra forma, una forma más lenta, más sutil, o por qué no, dejarlas un tanto más abiertas. En Monotony II, Hecker integra el sonido de Colin Stetson al viaje a la monotonía. Es un sax que no deja variar, de seducir, de repetir una y otra vez las mismas cuatro notas. Y así, crece y crece y se hace más monótono, más diferente.
Recuerdo un domingo que no tenía nada que hacer. Afuera empezaba una lluvia ligera, eran como las cinco o seis y mi hermano, mi padre y yo teníamos ganas de hacer algo para entretenernos: ir al cine. Porque en ese entonces íbamos al cine. En ese entonces aún podíamos decir: vamos al cine. Ahora no. Ahora cada quien va por su cuenta y cada quién piensa en diferentes cosas cuando ve lo que hay en la cartelera. Ya se ha vuelto más difícil ceder. Decir que tienes ganas de ver tal cosa, o comer en tal lugar. Sin embargo, esa vez había una función con un título y un apellido que desconocía y que al empezar a ver los cortos en YouTube los quite, dije, no, no puedo saber de qué se trata esta película, vamos a verla. Vamos ahora, les dije, una función va a empezar en quince.
Y la sala estaba oscura y la sala estaba vacía y nosotros tres ahí sentados viendo los otros cortos sin saber qué esperar, es de acción, les había dicho yo, un robo en Nueva York en donde nada sale bien. Y sí. Yo estaba en mi asiento, mis oídos escuchando esas melodías, esos ritmos que se hacían más intensos, más agudos, más rápidos, dos hermanos intentaban robar un banco con unas máscaras, querían escapar, tener una vida nueva en no sé qué playa. Yo estaba en mi asiento sin podérmela creer, esa persecución, esa cámara en mano y esa prisa que tenían los personajes en esa ciudad tan poblada, tan indiferente a sus sueños lo hacía todo tan real.
Al salir yo sentía que había vivido el robo, la experiencia, la noche, y la lluvia seguía afuera, yo había sido testigo de no sé cuántas cosas tan de película, cosas que pasan en la realidad, pero estos no, mi hermano al salir de la sala: déjenme en casa de Boby. Y mi padre Arnold y mi padre Stalone: pues, qué te digo, equis. Entonces sólo quería llegar a la casa para saber quién había hecho la música: un Oneohtrix Point Never, decía el IMBD, un Daniel Lopatin según la Wikipedia. Y ahora que sé que ha colaborado con Hecker me hace sentido que Anxiety, la otra canción de ocho minutos, me recuerde tanto a estos buenos tiempos, Goodtime, de los hermanos Safdie, la última película de acción que fui a ver con mi hermano y mi padre. La última vez que me dejaron escoger. Esa noche yo vi otra película, o más bien, esa noche en esa sala ellos escucharon otra película, tal vez no vieron las chispas, los desvalidos, ni la ventana de ese edificio tan alto. Pero todavía recuerdo ir en ese carro de copiloto y entender que hay misterios que no se pueden ver. Que sólo se pueden escuchar en la imaginación.