Por más que me cueste admitirlo, si no fuera por el maletín café donde mi padre guardaba sus casetes, no hubiera escrito parte de este libro. Al menos no de la misma manera. La mayoría de los casetes estaban en sus cajas con sus letras y fotografías; otros sólo tenían un título escrito a mano que decía cosas como: Música de Lucas, Himno del Monterrey, The Clash en vivo.
A los seis años me llevé The Wall al colegio y lo puse en la grabadora. La distorsión de la guitarra y la batería con reverb nos hacían sentir, a mis amigos y a mí, empoderados. La maestra no conocía el grupo. Como sea, no bajé al recreo para contarlo. El castigo duró una hora, pero el We don't need no education se cantó por el resto del año. No había letra que conociéramos que superara el statement. En otra ocasión, mi papa me habló de un casete perdido. Una banda punk inglesa de la que no se acordaba el nombre. La sigo buscando.
Cuando íbamos a la Isla del Padre, en la carretera escuchaba el último álbum de Blink-182 en el discman. Decidía poner las que menos oía: All of this, Violence, I’m Lost without You, y veía las llamaradas de las fábricas, el ganado de un rancho, las yucas y los árboles con la voz de Robert Smith de fondo, (sin saber quién era Robert Smith). Con las cosas que vivía en el viaje, esas canciones se convertían en singles, y componían el soundtrack de las vacaciones. Violence o Asthenia eran mundos en los que podías clavarte a fondo, sólo que al estar con canciones más conocidas como I Miss You, Feeling This, Down, Always, se la pasan en la sombra del álbum.
Con el iPod extrañé ver las letras y fotografías del cd en la carretera. Pero extrañé más las pilas AA de repuesto porque si se acababa la pila no había nada que hacer (y no duraba mucho que digamos). Entonces, prefería esperar a cruzar el puente y así poder ver el mar, los hoteles, el Cinema Island escuchando mi música favorita.
Hace unos años un amigo me invitó a un club de vinilos que hacían cada jueves para oír un disco. Antes de invitar a alguien tenían que estar de acuerdo todos. Desde que me dijeron, pasaron dos años hasta que pude ir porque el de la casa se había ido a vivir fuera. Ese jueves me llevé Esja de Hania Rani con la esperanza de que lo eligieran para que escucharan la canción de Glass. Algunos de los que fueron los conocía; otros no, pero todos traían su disco. Discos desde Led Zeppellin hasta Mellon Collie and the Infinite Sadness. Desde Nina Simone hasta Moon Safari. Nos sentamos en torno a la mesa para elegir uno. Cada integrante enseñó la portada, dijo algo sobre el artista y sobre cómo hicieron el álbum. Después de votar (ese día Durazno sangrando ganó por decisión unánime) fuimos a una sala y apagamos la luz. La regla era que una vez que empezara la música no podías hablar.
Durazno sangrando me pareció una mezcla de jazz y rock. La segunda, que lleva el título del disco, tiene un solo de guitarra buenísimo. A mi lado estaba una amiga con los ojos cerrados. Todos tenían los ojos cerrados. Yo tambien los cerré, y los abrí cuando terminó el lado A. Una amiga se paró a voltear el disco y se oyeron los comentarios. Está bien bueno. Qué onda con este disco. Está increíble.
El amigo que lo había traído estaba a mi derecha, contento de que nos había gustado. El hecho de que elijan tu propuesta significa algo. Que tienes buen gusto de música, que tu gusto es más atractivo que otros. Que si tú tienes buen gusto de música y yo tengo buen gusto de música entonces podemos salir.
Cuando el lado B se acabó unos salieron a fumar y otros sacaron el ajedrez. Yo me puse a platicar con el que trajo el disco sobre El secreto de la flor de oro de Carl Jung, el libro que leyó Spinetta cuando compuso el álbum.
En el patio eché un vistazo a los discos que estaban sobre la mesa. Había ediciones viejas y nuevas. No fue hasta que empecé a observar las contraportadas que hice consciente que la mayoría de las bandas estaban en el maletín café, las había visto por primera vez ahí, las había escuchado en otro formato. Escuchaba Photograph de Def Leppard mientras mi familia veía una película en el cuarto de tele. Una vez que terminaba el segundo coro regresaba el casete. No era consciente a esa edad de que mi vida iba a ser un constante regresar a los momentos que me gustan, una vida descrita por picarle play al botón de rewind.
¿Qué tan común es que alguien cool sea el que complemente tu gusto de música? Alguien como un papa, un tío, un hermano mayor o un abuelo. Llegas a creer que la actitud de esa persona empata con la música que escucha y se convierte en tu héroe.
Pero esa persona no tiene idea de lo que esa música va a hacer en ti, su misión sólo fue tener un gusto más clavado que los demás, escuchar lo que no todo el mundo escuchaba. Y eso, a veces, es suficiente.
Cuando llegó Spotify, el mensaje estuvo muy claro desde el principio. Mira, no vale la pena que inviertas en discos si por un precio muy bajo puedes disfrutarlos (todos, los dos millones de álbumes). No vale la pena que acumules cosas, compres muebles, repisas, libreros, limpies el polvo y los pongas en Marketplace cuando te falte espacio.
Pero por mucho tiempo fuimos coleccionistas. Atesorábamos cucharas, tazas, diarios, abrigos sólo por su belleza. Sabíamos que entre más años pasaran más valor tendría el objeto. Y que algún día le pertenecería a alguien que lo sabría apreciar.
Sobran maneras de introducir a alguien a una época que no vivió. Pero cuando las cosas que reciben órdenes no funcionen o les digamos una cosa y hagan otra, perderemos el tiempo buscando cargadores, contraseñas, garantías. Entonces, nos acordaremos de aquellos casetes sin caja que en letra negra decían: Música de Lucas, Himno del Monterrey, The Clash en vivo.
La moda tiene delay, no simplemente pasa de moda.