Tenía que inventarse. Era, al menos así lo veo ahora, una necesidad que había que atender, cubrir. Alguien tenía que hacer esa chamba, crear ese sonido. Alguien que tuviera otro trabajo, por ejemplo: cuya profesión fuera la de profesor de matemáticas. Que estuviera por cumplir los treinta años de edad y la necesidad de proveer por su familia. Pero una persona no era suficiente para semejante tarea. Alguien más tendría que acompañarlo, unirse a la aventura. Alguien, pienso, que no fuera un completo desconocido, sino todo lo contrario. Alguien que hace no tanto se había recibido de la carrera de arquitectura, pero sentía que a Versalles no le faltaba mucho. Que podía aguantar por los siguientes cuarenta años así con sus áreas verdes y sus calles pedestres y sus cafés llenos a todas horas.
Lo que se dice del whisky o del coñac se podría decir para lo que se oye, o para cualquier cosa que nos invite a más. En este caso, que el mejor remedio para la música es más música. Sólo que, a diferencia del whisky o el coñac, la música tenía que ser otra. Y estos dos, sin tiempo ni siquiera para ir a la discoteca, sin ganas, además porque su época ya había pasado, sentían que no venía mucho al caso continuar el punchis punchis, el four on the floor. Había que bajar el tempo, porque el pop demandaba algo diferente: música para la cruda, o por lo menos que tuviera ese mood tan de domingo. De acostarse en el campo al atardecer con la mirada atenta a las nubes que se forman, que se desprenden y que continúan su viaje.
Digo que para ellos la etapa de fiesta ya había acabado, pero no: apenas iba a empezar, y esto apenas se podía entrever. Claro, ellos no lo sabían, lo supieron, según una entrevista que les hicieron años después, el día en que uno tocó un riff grave y el otro tocó, o más bien dijo: Sexy boy. Entonces el pop podía ser otro, desde esa línea de bajo, esa frase, ese estar juntos en el mismo arrecife, el pop podía gustar a otros. Habían estado dando vueltas sin animarse a salir, pero ya desde entonces tenían lo necesario: ese derroche de paciencia que se necesita para enseñar a alumnos, cambiar pañales mientras la música de otro dúo llegaba por la ventana. El dúo que era más joven que ellos y que había renovado la música electrónica.
Pero, ¿quién tenía tiempo para la música de un profesor de matemáticas que invertía el poco tiempo libre que tenía en libros sobre el espacio y un arquitecto que enumeraba los ángeles de Charlie y las actuaciones de Marcello Mastroianni de mejor a peor? Además, ¿quién estaría dispuesto a conocer un arrecife de Versalles? Los críticos de Versalles no, por supuesto. Pero qué hay de la clase media: los cajeros, los mecánicos, esos que entrevista el director Mike Mills en ese documental a blanco y negro. A los entrevistados, todos franceses, se les pregunta si los conocen. Si saben quiénes son. Muchos dicen que no, que qué es eso. Tal vez el dúo nunca pensó en todo esto o tal vez sólo se convencieron de que el pop necesitaba un cambio. Lo cierto es que había alguien interesado en darles chance, que como ya se habían dado el tiempo de sentir la fiesta, ahora podían darse el tiempo para crear, conectar sintes de los setenta a pedales de los setenta.
De principio a fin, Moon Safari, su primer álbum, muestra que la mayoría de las cosas, las más sólidas, no tienen nada de accidental. Ya habían sido inventadas desde hace tiempo, en ese departamento, cuando Da funk dejaba de entrar por la ventana y el sol arrojaba sus rayos y ellos seguían ahí, componiendo, tocando, pensando, preguntándose sobre el sonido de Premiers Symptômes, su primer EP Claro, no tenían suficiente dinero para entrarle a lo digital, a todos esos instrumentos que habían salido al mercado en los ochenta. Pero, les alcanzaba los inventos de una década antes. Al menos, eran los fierros que habían utilizado sus ídolos: Jean-Michel Jarre, Ennio Morricone.
El proyecto fue una recopilación que hicieron Jean-Benoît y Nicolas Godin de algunas de las canciones que compusieron entre 1995 y 1997. Pero, este EP también servía como museo, un lugar al que se podía entrar y descubrir la primera fábrica, la época cuando la máquina apenas arrancaba. Era ahí donde uno podía apreciar los indicios, los primeros síntomas.
Al volver a leer esto, no encontraba una razón para no seguir la analogía. Por lo tanto, me puse a ver, a imaginar, y se me vino a la mente que el primer piso pudiera llamarse Modular Mix, la primera canción que aparece en el EP. Ahí sonaría una guitarra que ahora podría recordar mucho a Nicolas Jaar, sobre todo por esa flauta, pero el bajo la separaba, la ponía en otro nivel. Ese bajo, presente en casi todas las melodías, marcaba el tiempo cuando tenía que hacerlo. No había notas de más. Nicolas sabía que la ausencia podía crear tensión, misterio, espera como en las películas de cine negro. Y en este recorrido si uno se detenía a escuchar, comenzaría a sentirse como un detective cuando descubre una pista. Como Marlowe, un Bogart que entra al casino para obtener información de la persona que busca, una joven adinerada que ha desaparecido, y como siempre, no le toma mucho tiempo para descubrir que esa mujer no es lo que esperaba. Pero, por intervenir, ayudar, mentir, las cosas salen mal: alguien muere o comete algo de lo que se arrepiente. El detective sale ileso o herido, pero siempre sobrevive. O casi. Pero, desde entonces, la moda de no marcar tanto, de hacer lo menos posible, como decía Jack Gittes en Chinatown. Dejar que los otros elementos: la batería con olor a madera y la cantidad de reverberación suficiente, el sintetizador con delay y la flauta de otro tiempo, de otra civilización completen el recorrido.
Ya mencioné a ese actor tan de los sesenta, ese actor que se limita a ver, a no decir mucho en La noche de Antonioni, bueno, ese actor también sale en Casanova 70. Un Mastroianni se enamora de las mujeres que conoce. No se resiste a ninguna de ellas. Se dedica a seducirlas. Casanova 70: una canción, una película, todo forma parte del museo. Actuaciones y notas de bajo crean un diálogo downtempo. Luego los puentes, los puentes que terminan en silencio, pero que al llegar a la otra isla, al entrar a la otra sala, uno siente el asombro: bongos, metales y un riff de guitarra que preparan el terreno para un solo de teclado con algo de overdrive y algo de distorsión. Pedales de guitarra: elementos del cambio, síntomas del siglo XX.
Tomar las escaleras porque el ascensor está bastante lleno (la mayoría de los turistas, como en el MoMA, se dirigen al quinto piso). Pero a mí me fue suficiente subir uno más. Subir al tercer piso para ver la última sala, como en ese cuento argentino, Fin de etapa, en donde una joven recorre todas las salas menos la última y más tarde, al caminar por las calles, encuentra una casa, no tan grande, pero con muchos cuartos. Cuartos idénticos a los que el pintor había retratado y que ella se había detenido a ver unos minutos antes en aquel museo. Para ella, esa era su forma y había que respetar. Respetar, sobre todo, que iba a su tiempo. Que a su ritmo descubría el pueblo, el cuarto de la casa. A su ritmo sentarse a fumar a vivir un poco la mesa, la silla, la ventana. Pero, al salir, la curiosidad. Al salir y entrar al carro y encender el motor y pensar en él y recordar lo mucho que le gustaba el jazz, pero sobre todo, comer a sus horas, contemplar la opción de volver al museo. Decidirse que mejor no, que al decidir no recorrer el pueblo fue recorrida por él. Su experimento había funcionado, pero, si ya estaba ahí, ¿por qué quedarse con la duda? No. Había que regresar, saludar al guardia, pasar por todas las salas y llegar a la última para ver ese último cuadro que el guardia le había presumido. Porque el tema era el mismo. No había sorpresa. Sabía lo que iba a encontrar, al fin y al cabo, ya había encontrado esa casa, entrado a ese cuarto, así como yo ya había escuchado esa canción All I Need, con esa voz de esa mujer: Beth Hirsch. Había manejado por la ciudad, una vuelta y otra y otra más a la glorieta con el único fin de dar vueltas, de no llegar a ninguna parte, sólo la misión de mantener la sensación del viaje, quedarme un rato más en la armonía del bajo que otra vez marcaba el ritmo. Y ahora me encontraba en Les professionnels, ambas canciones compartían el número de piso, el tercero. Pero había muchas diferencias. Una era el nombre: el título de la del EP, por así decirlo, era el nombre de un Western americano dirigido por Richard Brooks con actuaciones de Claudia Cardinale y Burt Lancaster y Lee Marvin; con música de Maurice Jarre, padre de Jean-Michel, y no tenía voz. En All I Need de Moon Safari todo estaba desde el principio. Tal vez sólo eran coincidencias muy cerca de lo fantástico, pero podían sucederle a cualquiera. Había que ir, ponerle fin a esa etapa, ahí en el tercer piso. Pero no diré más. Después de todo, ahí están las galerías con sus puertas abiertas. Una es de 1982 y la otra, como dije, de 1997. All I Need tiene noventa millones de plays y Les professionels, apenas tres millones, lo cual me hace pensar ¿por qué creemos saber que lo sabemos todo desde los primeros cuadros, por qué, a la mayoría de nosotros, la primera canción es suficiente? Tal vez esa sea la razón de las pocas vistas, de que esa joven en aquél pueblo se haya ido sin ver la última sala. Sin embargo, como en una novela policial, la joven regresa.
Después del tercer piso, el cuarto no tiene mucho que ofrecer. Es, en cierto sentido, parecido en esencia al anterior. Sólo que no hay, como en el tercero, una joya por descubrir. El piso lleva el nombre de J'ai dormi sous l'eau y podría ser un buen soundtrack. Como lo indica el título, uno puede sentir lo que es dormir bajo el agua. Al pasar de una sala a otra, la imagen que se me viene a la mente es la de un Mario que se aventura por la ciudad con su tanque para aventar agua, para subirse a las palmeras, para seguir aventurándose por amor a aventurarse. Es a mitad de esta canción donde se oyen las primeras voces, y a pesar de que no se entienden muy bien, le dan, junto con los metales, vida a la playa que se forma.
Había regresado tantas veces al quinto piso, pues ahí estaba, como en el MoMA, el arte moderno. Era el quinto piso el más concurrido, al principio sonaba un bajo, un teclado, un sintetizador que tocaba unas cuerdas dramáticas, monótonas. Luego la voz, la voz fría. Las cuerdas tomaban un rumbo, cambiaban de acorde, luego a otro y pronunciaban la frase, el tíulo: Le soleil est près de moi, el sol está cerca de mí. Porque siempre se sentían un poco mejor cuando la música dejaba de entrar para cederle al sol la entrada. Porque, si de un lado del cuarto no pega, por qué no cambiar el estudio, el escritorio, los sintetizadores, los vasos de whiskey, de coñac, el cenicero hacía la parte de la casa donde la luz esto, porque la luz lo otro. Luego entrarían esas guitarras chillonas que ahora recuerdan al último álbum de Arctic Monkeys, me hacen creer que ya sé de dónde Turner toma sus ideas. Porque en un lugar tan frío, el sol que entra por la ventana tiene algo de esperanza.
Entonces uno sale del museo y se dirige a la terraza a pedir un café, unas aceitunas, unas almendras con esa capa dulce, ve a los meseros entrar y salir. Saca su libreta, un lápiz y ve a mi alrededor: las personas y sus bebidas, las parejas y sus conversaciones, las familias en espera a que su hijo termine para empezar a ver lo que uno ya escuchó: melodías, ruidos y voces, cinco pisos para terminar en parte más alta de un museo, para sentirse cómodo escribiendo cerca de la ventana donde entra la mayor cantidad de luz.